El pasado viernes encontré un nuevo motivo para avergonzarme de la clase política que nos representa: se declaró otro caso de transfuguismo en el ayuntamiento de mi ciudad. Ya se sabe: las ratas son las primeras en abandonar el barco.

Por curiosidad, he querido mirar en el diccionario la definición de tránsfuga:

tránsfuga.
(Del lat. transfŭga).
1. com. Persona que pasa de una ideología o colectividad a otra.
2. com. Persona que, con un cargo público, no abandona éste al separarse del partido que lo presentó como candidato.
3. com. Militar que cambia de bando en tiempo de conflicto.

Encuentro lógico que la gente pueda cambiar de forma de pensar (definición #1). No se puede obligar a nadie a ser inflexible. La definición #2 es la que da en el clavo: una persona consigue un puesto público gracias a un partido político; independientemente de su motivación, cambia de ideología; su dignidad le impide seguir en ese mismo partido, pero no le impide mantener el cargo que el partido le proporcionó. ¿Caradura? ¿Traidor? ¿Sinvergüenza? ¿Estafador? No se me ocurren palabras más suaves.

No voy a extenderme mucho más, porque ya dediqué unos versos a esta especie de vividores inmorales hace un tiempo. Sólo decir que no se puede terminar con los comportamientos no deseados si éstos son premiados en lugar de ser castigados. Me cago en la ley que permite a los desertores mantener su cargo. Y me cago en los partidos que aceptan a tránsfugas en sus filas. Estoy convencido de que, si renunciar al partido que te da responsabilidad política supusiera perder el sueldo y no poder participar activamente en política durante unos años, desaparecería el transfuguismo.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…