Cada vez me cuesta más cagarme en algo, por eso este mes de febrero ha sido tan escaso en número de cagamientos. ¿Será que no soy tan gruñón como pensaba? Mmm…

El fin de semana pasado estuve de calçotada. No era la primera de la temporada, pero sí que fue la más auténtica. Es lógico que, mientras haya gente dispuesta a pagar por una calçotada de restaurante, existan locales que ofrezcan este menú. Yo mismo he ido este invierno (?) un par de veces; pero las calçotadas originales tienen que ser en masía, con amigos, o parientes y cocinando.

Que me perdonen los restaurantes. No es que me cague en ellos, pero las calçotadas de restaurante son una mariconada. Lo que mola de las calçotadas (aquí va un link para los no iniciados) es todo lo que rodea a la reunión, y no la comida en sí.

Por ejemplo, preparar los calçots, discutiendo si hay que cortar la raíz o no. Ir a buscar leña (o escaquearse de ir a buscar leña). Encender el fuego. Esquivar el humo, no poder hacerlo y terminar oliendo a gitano. El aperitivo mientras se preparan las brasas para la carne. Comer los calçots de pie (lo de comer calçots sentado es un invento barcelonés). Ensuciarse las manos (lo de los guantes de plástico es otra mariconada). Mojar los calçots en su salsa y la carne en all-i-oli, sin miedo a tener mal aliento por la tarde. Limpiarse las manos con el agua helada de la fuente. Beber vino del porrón. Y terminar con la pechera llena de medallas, porque no estamos acostumbrados al porrón. Comer flanes sin cuchara de postre. La sobremesa con competición de flatulencias… ¡Qué bonitas son las calçotadas de verdad!

Por todo esto, recomiendo a aquellos que sólo han comido calçots en restaurantes, que se busquen la vida y que intenten organizar una calçotada auténtica. Además, veréis que los 40€ que se suelen cobrar de media son una exageración.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…