Imaginemos que estamos en una reunión. Después de varios meses dedicados a tareas de otro tipo, volvemos a primera línea de combate, a una reunión de pre-venta con un cliente potencial. No se trata del cliente más apetitoso del mercado pero, al fin y al cabo, es dinero que hay en juego.

La reunión transcurre con normalidad. Parece que hemos conseguido vender nuestras ideas y el cliente está casi convencido. Aunque no hemos abierto la boca durante toda la reunión (la inactividad nos ha quitado confianza), en el momento de cerrar la reunión, nuestro jefe nos da la palabra. Es una forma de empezar a ganar visibilidad ante el cliente, puesto que seremos pieza clave en el futuro de esa relación. Una mezcla de acojone y egoísmo nos obliga a ceder el protagonismo a un compañero. Es difícil explicar las causas, pero no son lo más importante ahora.

Después, nuestro jefe despacha con el director para comentar la reunión:

- ¿Y qué tal Samuel? ¿Cerró la reunión, tal como tenías previsto?

- Pues no. No sé exactamente por qué, pero ha preferido no hablar.

Al día siguiente, no vamos a trabajar (vergüenza, remordimientos… yo qué sé), pero nos llegan rumores de que un compañero ha estado criticando nuestro escaqueo en la reunión. Estallamos. A la primera oportunidad que tenemos, llamamos "mala persona" a nuestro jefe y "egoísta" a nuestro compañero. ¡Qué bien se siente uno después de echar sapos y culebras por la boca! (que le pregunten a Nacho Villa).

¿Lógico? ¿Meditado? ¿Útil? Diría que no. Parece poco lógico reprocharle al mundo defectos que son propios. Parece poco meditado morder la mano que te alimenta. Y, sobretodo, parece poco útil intentar resolver un conflicto creando un problema distinto y mayor.

Creo que, antes de decir las cosas en público, conviene haberlas pensando. Si puede ser, los temas espinosos mejor tratarlos en privado pero, si no se encuentra la ocasión, por lo menos, hay que haber pensado qué consecuencias puede tener lo que se va a decir. Por eso la semana pasada me cagué en Samuel Eto'o y, a continuación, en todos los que hablan sin pensar lo que van a decir. La lealtad y el orgullo no son incompatibles. Basta con ser un poco inteligente para encontrar la forma de combinarlos.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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