Alguna otra vez ya he dicho que no me convence la política que se hace últimamente en nuestro país. Sorprendido me he quedado esta semana al ver como, ante la inminencia de las elecciones municipales, los más sinvergüenzas -no diré nombres- van dejando de lado todo principio al mismo tiempo que se ofrecen, como rameras de ocasión, a quienquiera que les prometa un cargo de cara a la próxima legislatura.

Suelen argumentar que creen más en las personas que en los partidos políticos. ¡Y una polla como una olla! Los chaqueteros no creen en partidos políticos ni en personas ni en nada. Tienen la cara muy dura pero les falta firmeza. Demasiada ambición y pocos escrúpulos.

Bastaría con que ningún partido aceptara en sus filas a exmilitantes de otros grupos para terminar con el transfuguismo. Pero los partidos reaccionan ante esta lacra como los entrenadores de fútbol ante un mal arbitraje: sólo se quejan cuando pierden. El que se va a otro partido es un traidor; el que viene, es un sabio que rectifica. Yo me cago en los que van, en los que vienen y en los que acogen a los que vienen sin el menor atisbo de recelo.

Es tanta la repugnancia que siento por los chaqueteros que he querido dedicarles una pequeña poesía:

Sois unas simples ladillas
aferradas a unos cargos.
Sin principios, sin coraje,
y sin nada que ofrecer.

Soléis vivir de rodillas
lamiendo culos y nabos.
Si un día cambia el paisaje,
cambiáis vosotros con él.

Os desprecio, piltrafillas.
Por conseguir unos pavos,
venderíais el linaje
que os ha visto crecer.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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