Diría que, en toda mi vida, me habré sentado a comer unas 33.333 veces (más o menos). La mayoría de ellas, he comido acompañado; pero en pocas ocasiones he podido decidir la compañía. El colegio, la universidad, la familia o el trabajo suelen escoger por mí.

He compartido mesa con todo tipo de personajes. Sosos, que preferirían comer solos; y egoístas, que sólo comen. Desganados, que comen como un pajarito; y hambrientos, que se comerían tres pájaros. Charlatanes, que se adjudican la palabra sin permiso; y tímidos, que no osan interrumpir. Conversadores, que siempre ponen cartas nuevas sobre la mesa; y repetitivos, cuya baraja sólo tiene uno o dos comodines. Pulcros, que usan la servilleta antes y después de beber; y guarros, que son capaces de comer, beber y hablar al mismo tiempo.

De entre tanto comensal, yo me cago en los que mastican con la boca abierta. Mi sentido del oído tiene conexión directa con mi imaginación y, cuando oigo ruido de saliva, enseguida visualizo qué debe de estar ocurriendo dentro de la boca. ¡Qué asco! No es tanto la visión de la comida a medio masticar lo que me molesta, sino lo que me puedo llegar a imaginar cuando oigo esa especie de chapoteo.

También me molesta la inconsciencia del masticador. Si un día encuentras confianza suficiente como para advertirle, terminará diciendo "ah, perdona, no me había dado cuenta". ¡Pues no es tan complicado controlar si uno tiene la boca abierta o cerrada! Me cago en los que hacen las cosas sin darse cuenta. En fin, me voy a comer.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.