En España hay miles de personas que viven del cuento. Algunos trabajan (o lo pretenden), como todos los que se dedican a la prensa rosa. Otros centran su actividad diaria en el escaqueo (absentistas, estafadores, irresponsables…). Hay muchas clases de "cuentistas". Yo me cago en todos ellos -algún día les dedicaré un artículo- pero hay un sector que me tiene especialmente irritado: los notarios.

Mi experiencia con la notaría es limitada, una simple constitución de hipoteca, pero fue suficiente para concluir que el mundo está muy mal repartido y que muchas injusticias están provocadas por nuestro propio sistema.

Me cago en los notarios porque creo que tienen un trabajo remunerado en exceso. No entiendo qué insustituible valor añaden a las operaciones inmobiliarias como para embolsarse esas cantidades de dinero. Cualquier abogado con una preparación mínima podría hacer lo mismo que los notarios en este tipo de situaciones. Sin embargo, el Estado sigue regalándoles esta actividad en exclusiva (lo de que las oposiciones sean difíciles, no me vale) con lo que sus tarifas no están controladas por el mercado, por la oferta y la demanda, sino por la avaricia de algún organismo regulador.

Que los notarios están forrados es evidente. Lo pude confirmar viendo el revistero de su sala de espera. Indignante. No había un miserable Tiempo, Quo o Muy interesante, lo habitual en cualquier sala de espera. Ahí todo eran números viejos de Oro, Nautica, Golf Digest… así como catálogos de Rolex, Mercedes y otros artículos de lujo.

Liberalizar este sector supondría que muchos abogados que hoy malviven aprovecharían los conocimientos que la sociedad les ha subvencionado en la universidad; que algunos ricos (descaradamente ricos) tendrían que currárselo un poco más para mantener sus niveles de ingresos; y, lo más importante, que la competencia abarataría los gastos notariales. Hasta entonces, yo me seguiré cagando en los notarios.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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