La Coctelera

Categoría: Sociedad

Me cago en los falsos ecologistas

Hola, amigos. Disculpad que haya estado tanto tiempo sin escribir. No sé si podré volver a hacerlo asiduamente pero hoy he encontrado un hueco y un tema motivador: la captura del tiburón de Tarragona.

Personalmente, me ha parecido una excelente noticia. Más que nada, porque no creo que hubiera otras soluciones razonables distintas al desalojo. He decidido recuperar esa vieja costumbre de cagarme en todo al leer algunos comentarios publicados en la prensa. Unos ejemplos:

Pobre animal. Dejadle vivir en paz en su hábitat, que es el mar.
¿Desde cuándo el hábitat de los tiburones es la orilla de la playa? Este caso tiene que ser investigado. O bien el tiburón está enfermo o bien algún desaprensivo que lo criaba en un acuario lo soltó al mar al ver que ya no podía mantenerlo.

Pobrecito. ¡Qué lástima de tiburón si no es peligroso!
Un tiburón gris te puede arrancar un brazo de un mordisco, por eso había bandera roja en la playa. ¿Qué se tendría que haber hecho? ¿Era mejor tentar a la suerte cruzando los dedos para que el tiburón, en un mal día, no lisiara a nadie?

¿Dónde están esos catalanes antitaurinos?
Hay que ser gilipollas para mezclar churras y merinas de esa forma.

Vaya chapuza de captura de los señores expertos.
Ya salió el listo que todo lo sabe. Los más ignorantes sobre este asunto (sin duda, los más osados) han propuesto alternativas al traslado al acuario de Barcelona. Yo no tengo ni puta idea de cuál era la mejor solución pero, precisamente por eso, imagino que quienes saben de esto habrán actuado con profesionalidad.

Leyendo este tipo de comentarios, no puedo hacer otra cosa que cagarme en la demagogia y, por extensión, en todos esos ecologistas plañideros, que prefieren que un tiburón desorientado siga amenazando bañistas, en lugar de que sea tratado en una clínica para animales. Si todo va bien, el escualo se recuperará en unos días y será liberado en alta mar.

Me he quedado a gusto... Estoy mucho mejor.

Me cago en los oportunistas

El fin de semana pasado hubo procesiones en mi ciudad y fui a ver alguna. Soy agnóstico pero creo que hay algo más que religión en la Semana Santa. De lo contrario, no se entenderían esas muchedumbres cuando menos del 20% de la población española se declara católica practicante.

Las procesiones de Semana Santa son un ritual curioso. Lo más importante son los pasos, las representaciones de la pasión de Cristo (los niños, con su manera simple de ver las cosas, les llaman carrozas). Los pasos circulan por la ciudad sobre ruedas o sobre los hombros de sacrificados portantes que caminan arrastrando los pies a ritmo de tambores. Les acompañan penitentes, cofrades en general y una sección curiosa de armados (hombres vestidos como los antiguos soldados romanos). Entre tanto respeto por las tradiciones y por la religión, siempre surgen algunos oportunistas.

oportunismo.
(De oportuno).
1. m. Actitud o conducta sociopolítica, económica, etc., que prescinde en cierta medida de los principios fundamentales, tomando en cuenta las circunstancias de tiempo y lugar. U. t. en sent. peyor.
2. m. Actitud que consiste en aprovechar al máximo las circunstancias para obtener el mayor beneficio posible, sin tener en cuenta principios ni convicciones.

Las cofradías suelen buscar personajes notables para llevar su bandera durante la procesión. Algunas veces, no les hace falta salir de su círculo próximo para encontrar algún conocido pero lo habitual es que tengan que acudir a los políticos, siempre prestos a cualquier acto público donde puedan aparentar. El viernes me cagué en todos los políticos que apadrinaban alguna cofradía. No sabían muy bien qué les había llevado a ese lugar pero tenían muy claro qué podían obtener: votos. En una procesión que transcurre con la máxima solemnidad y silencio, se dedicaban a saludar a diestro y siniestro como en la Cabalgata de Reyes, sólo les faltaba tirar caramelos. Sonreían como en un anuncio de Profidén, a la vez que inclinaban la cabeza ("vótame y te sonreiré más veces" parecía que dijeran). En realidad, seguro que murmuraban para sus adentros "Qué mal me cae este tipo… En fin, un voto es un voto".

Espero que los votantes de mi ciudad sean lo suficientemente inteligentes como para no dejarse llevar por un guiño durante la procesión de Semana Santa y escojan a sus representantes en función de otros criterios (a ser posible, en función del programa electoral y del equipo de gobierno propuesto por cada candidato). Por si acaso, yo me cago en los oportunistas.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en la sota de oros

Es curioso: se pueden provocar cambios en el uso de las cosas simplemente cambiándoles el nombre. Hace un tiempo, el mini-chat que hay aquí al lado tenía como cabecera un simple "Chat". Era un título muy preciso pero poco atractivo y decidí cambiarlo para fomentar más la interactividad: "Y tú, ¿en qué te cagas?". Desde entonces, veo muchos mensajes graciosos haciendo suposiciones acerca de en qué (o en quién) pueden estar cagándose personajes conocidos (y no tan conocidos). Es divertido. Me alegro de que el chat tenga esta nueva función.

Uno de los mensajes más recientes del chat ha hecho que me plantee una cosa: ¿por qué nos cagamos en la sota de oros? ¿Qué sentido tiene? Es una simple carta de la baraja española… ¿Maldecir o reprocharle algo a un naipe es propio de animales racionales? Movido por la curiosidad, he tirado de Google.

No viene al caso pero me ha alegrado mucho ver que la búsqueda "cago" devuelve este blog como primer resultado.

Volviendo al tema, he visto algún extracto que explica el origen de varios dichos populares pero no he conseguido encontrar por qué nos cagamos en la sota de oros, pobrecita. Así que he intentado elaborar mi propia teoría. ¿Por qué pudo protestar la primera persona que se cagó en la sota de oros? Quizás estaba jugando a las cartas y, por culpa de una caprichosa sota de oros, terminó perdiendo la partida. "Me cago en la sota de oros", habría dicho al final. Un poco absurdo, ¿no? Descartada la explicación inmediata, parece lógico pensar que tiene que haber una metáfora en esta sentencia. No nos cagamos en la carta, sino en lo que simboliza. ¿Qué representa la sota de oros?

El palo de oros es el más valioso de la baraja española y es la imagen del éxito y el dinero. Por otro lado, la sota (aunque la palabra "sota" sea de género femenino) tiene estampada la figura de un paje o un infante. Estamos ante un criado o bien un hijo que no heredará la corona de su padre, que vive rodeado de dinero y que tiene aspecto afeminado. ¿Conclusión? Está claro: la sota de oros es Julio José Iglesias. Cuando nos cagamos en la sota de oros, nos estamos cagando en lo que representa este chaval: poco talento, éxito inmerecido, ambigüedad sexual y dinero a raudales. Efectivamente, me cago en la sota de oros.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los locutores de Antena 3

Mi enhorabuena para el Liverpool. En el global de los 180 minutos, han merecido sobradamente pasar la eliminatoria. El equipo de Benítez (y se tiene que decir así porque no podría ser de otro entrenador) defendió, presionó y atacó como hacía tiempo que no se veía. Quizás desde que el mismo señor Benítez estaba en el Valencia. Seguro que alguna lumbrera ahora le quiere llevar al Real Madrid.

El Barça lo intentó, pero no pudo. Ronaldinho sacaba pecho después del partido contra el Athletic, pero lo que debería hacer es esconder tripa día a día. Deco y Márquez están más flojos que nunca. ¿Será cierto que una vida sentimental calmada es clave para tener un buen rendimiento sobre el campo? Xavi e Iniesta jugaron bien. Oleguer y Valdés, también. Pero había que marcar dos goles y los de arriba no pudieron crear ocasiones. En fin, otro año será… o no.

Como habréis notado, quizás por alguno de mis artículos anteriores, soy del Barça. A pesar de ello, no me duele reconocer que el Liverpool fue mucho mejor (sería una idiotez engañarme diciendo que la culpa fue de los árbitros). Lo que sí me molesta, me irrita y hasta me cabrea, es ver como una cadena de televisión española retransmite un partido de fútbol con tanta pasión… a favor de los ingleses.

Ya sabéis que soy muy sensible (o irritable o susceptible o imbécil, como queráis decirlo) y me termino indignando por tonterías, pero lo de Antena 3 me parece exagerado. Primero, porque no tienen ni puta idea de fútbol. No es que me considere un experto, pero sí sé qué es un fuera de juego posicional o cuándo una mano debe considerarse voluntaria. La prueba de que los locutores no saben es que los comentaristas de oficio (ayer, Laudrup y Bakero) no les dan bola y no continúan nunca su narración (a menos que sea para contradecirles). Y segundo, me cago en los locutores de Antena 3 porque se les nota demasiado que prefieren que el Barça pierda. ¿Que no lo notáis? ¿Que es manía persecutoria mía? Puede ser. Igual soy un malpensado, pero a mí, como simpatizante del Barça, muchas veces me ofenden los comentarios que hacen, así que me cago en ellos. Por si acaso.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los restaurantes de calçotadas

Cada vez me cuesta más cagarme en algo, por eso este mes de febrero ha sido tan escaso en número de cagamientos. ¿Será que no soy tan gruñón como pensaba? Mmm…

El fin de semana pasado estuve de calçotada. No era la primera de la temporada, pero sí que fue la más auténtica. Es lógico que, mientras haya gente dispuesta a pagar por una calçotada de restaurante, existan locales que ofrezcan este menú. Yo mismo he ido este invierno (?) un par de veces; pero las calçotadas originales tienen que ser en masía, con amigos, o parientes y cocinando.

Que me perdonen los restaurantes. No es que me cague en ellos, pero las calçotadas de restaurante son una mariconada. Lo que mola de las calçotadas (aquí va un link para los no iniciados) es todo lo que rodea a la reunión, y no la comida en sí.

Por ejemplo, preparar los calçots, discutiendo si hay que cortar la raíz o no. Ir a buscar leña (o escaquearse de ir a buscar leña). Encender el fuego. Esquivar el humo, no poder hacerlo y terminar oliendo a gitano. El aperitivo mientras se preparan las brasas para la carne. Comer los calçots de pie (lo de comer calçots sentado es un invento barcelonés). Ensuciarse las manos (lo de los guantes de plástico es otra mariconada). Mojar los calçots en su salsa y la carne en all-i-oli, sin miedo a tener mal aliento por la tarde. Limpiarse las manos con el agua helada de la fuente. Beber vino del porrón. Y terminar con la pechera llena de medallas, porque no estamos acostumbrados al porrón. Comer flanes sin cuchara de postre. La sobremesa con competición de flatulencias… ¡Qué bonitas son las calçotadas de verdad!

Por todo esto, recomiendo a aquellos que sólo han comido calçots en restaurantes, que se busquen la vida y que intenten organizar una calçotada auténtica. Además, veréis que los 40€ que se suelen cobrar de media son una exageración.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los que hablan sin haber pensado

Imaginemos que estamos en una reunión. Después de varios meses dedicados a tareas de otro tipo, volvemos a primera línea de combate, a una reunión de pre-venta con un cliente potencial. No se trata del cliente más apetitoso del mercado pero, al fin y al cabo, es dinero que hay en juego.

La reunión transcurre con normalidad. Parece que hemos conseguido vender nuestras ideas y el cliente está casi convencido. Aunque no hemos abierto la boca durante toda la reunión (la inactividad nos ha quitado confianza), en el momento de cerrar la reunión, nuestro jefe nos da la palabra. Es una forma de empezar a ganar visibilidad ante el cliente, puesto que seremos pieza clave en el futuro de esa relación. Una mezcla de acojone y egoísmo nos obliga a ceder el protagonismo a un compañero. Es difícil explicar las causas, pero no son lo más importante ahora.

Después, nuestro jefe despacha con el director para comentar la reunión:

- ¿Y qué tal Samuel? ¿Cerró la reunión, tal como tenías previsto?

- Pues no. No sé exactamente por qué, pero ha preferido no hablar.

Al día siguiente, no vamos a trabajar (vergüenza, remordimientos… yo qué sé), pero nos llegan rumores de que un compañero ha estado criticando nuestro escaqueo en la reunión. Estallamos. A la primera oportunidad que tenemos, llamamos "mala persona" a nuestro jefe y "egoísta" a nuestro compañero. ¡Qué bien se siente uno después de echar sapos y culebras por la boca! (que le pregunten a Nacho Villa).

¿Lógico? ¿Meditado? ¿Útil? Diría que no. Parece poco lógico reprocharle al mundo defectos que son propios. Parece poco meditado morder la mano que te alimenta. Y, sobretodo, parece poco útil intentar resolver un conflicto creando un problema distinto y mayor.

Creo que, antes de decir las cosas en público, conviene haberlas pensando. Si puede ser, los temas espinosos mejor tratarlos en privado pero, si no se encuentra la ocasión, por lo menos, hay que haber pensado qué consecuencias puede tener lo que se va a decir. Por eso la semana pasada me cagué en Samuel Eto'o y, a continuación, en todos los que hablan sin pensar lo que van a decir. La lealtad y el orgullo no son incompatibles. Basta con ser un poco inteligente para encontrar la forma de combinarlos.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en el día de San Valentín

Dicen que, hacia finales del siglo quinto, el Papa quiso prohibir un rito pagano de la fertilidad. La fiesta era, por lo menos, curiosa. Se sacrificaban animales, se les arrancaba la piel a tiras y los sacerdotes golpeaban a los estériles con esos pellejos ensangrentados. Después de la ceremonia, las parejas corrían a su casa para echar un polvete antes de que el conjuro perdiera su efecto. El amor… Era algo parecido a los orgasmos globales que ahora se organizan por Internet.

Esta celebración tenía lugar todos los 15 de febrero. Cuando el Papa la prohibió, los paganos simplemente la disfrazaron un poco y la pasaron al día 14, en que se conmemoraba el martirio de un joven cristiano llamado Valentinus. Parece que, un par de siglos antes, el tal Valentinus se había dedicado a unir en matrimonio a jóvenes parejas -no me consta si todas eran heterosexuales- desafiando así una ley imperial que impedía que los soldados se casaran (el matrimonio es una distracción que el ejército no podía permitirse). Valentín fue por ello condenado a muerte, ejecutado y santificado.

Por estos dos motivos -y alguno más que habrá- el día de San Valentín quedó asociado a la fertilidad, el sexo, el amor y el matrimonio. ¡Qué bonito!

Muchos siglos después, con la invención de la mercadotecnia, alguien detectó una oportunidad de negocio en este día. La oportunidad siguió el proceso habitual, convirtiéndose primero en oferta, después en pedido y, finalmente, en factura. Se había creado una necesidad social y unas formas de satisfacerla. ¡Venga, a ganar dinero!

Desde entonces, parece que, si el día de San Valentín no le haces un regalo a tu cónyuge, la pareja se debilita. Publicidad, tarjetitas de felicitación y otros obsequios absurdos (he llegado a ver tartas en forma de corazón y de color rosa). Me cago en el actual día de San Valentín. No soporto que los grandes almacenes dicten cuándo tenemos que hacernos regalos o qué tipo de obsequios hay que comprar. Por no hablar de lo mal que se siente uno cuando el día de San Valentín le pilla sin pareja. Esos días, da rabia incluso el ver a una pareja besándose por la calle.

Yo voy a pasar de bombones, ropa interior sexy u otras dádivas. Como mucho, celebraré el día de San Calentín (para muchos, San Calentón) y volveré a rememorar a Valentinus como hacían los romanos, pero sin sacrificar animales, que eso está muy mal visto últimamente.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los profesionales que no se comprometen

Como muchos sabréis, amueblar un piso requiere paciencia y, en ocasiones, significa tener que confiar en un profesional para que te aconseje. Es la diferencia entre comprar productos y contratar servicios. Si vas a una agencia de viajes, en realidad no pagas por los billetes de avión, ni por el hotel, sino que pagas por el servicio de asesoramiento. Es un poco más caro, pero si no mereciera la pena, las agencias de viajes ya no existirían.

Para amueblar el dormitorio, confié en un decorador. Primer error: no me debería haber fiado de un tipo maloliente que, en lugar de dientes, tiene garbanzos y, en lugar de uñas, mejillones. Pero parecía que sabía lo que se decía, así que le encargué los muebles. Segundo error: quedamos en que "cuando me lleguen, ya te avisaré". ¡Qué tonto fui! Un buen profesional, comprometido, no habría propuesto ese tipo de trato. Habría fijado una fecha de entrega, me habría mantenido al corriente de cómo iba el trabajo y, finalmente, habría cumplido con lo pactado.

Lamentablemente, el tío no se comprometió en nada. Tenía que ser yo quien preguntaba semana a semana cuándo tendría los muebles. Cuando contestaba al teléfono, porque el muy cabrito muchas veces ni lo hacía, se excusaba con chorradas, y hacía responsable de cualquier retraso al taller que él mismo había subcontratado. Si uno quiere ganarse la vida como intermediario, lo mínimo que se le puede pedir es que no sea un simple correveidile. Habría llenado garrafas y garrafas de mierda si me hubiera dedicado a recoger toda la caca que, en mis sueños, le he echado encima.

Al empezar a trabajar, me enseñaron que un buen profesional no sólo debe colaborar en los proyectos que lleva a cabo. Además, tiene que comprometerse. La diferencia entre involucrarse y comprometerse es la misma que hay entre una gallina y un cerdo en un plato de huevos con beicon: la gallina se involucró; el cerdo se comprometió. Como consumidor, he aprendido la lección: a partir de ahora, basta de gallinas, sólo trabajaré con cerdos. Cuando contrate algún servicio, exigiré un contrato y un compromiso por parte del vendedor, con cláusulas de penalización por incumplimiento. De todos modos, me seguiré cagando en las gallinas, en los profesionales que no se comprometen.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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