Ya dije alguna vez que me cansan los políticos de hoy en día. También me cagué en la campaña electoral cuando sufrimos elecciones autonómicas en Cataluña (¡cómo pasa el tiempo!). En esta ocasión, nos abordan con una práctica que había estado felizmente olvidada durante quince años: los debates electorales. ¡Vaya tomadura de pelo!
¿Para qué debería servir un debate electoral? La misma palabra lo dice, ¿no? Dos tipos (o varios) presentan sus respectivos programas, lo discuten, argumentan y defienden sus ideas con el objetivo de reafirmar a los convencidos y de convencer a los indecisos. ¿Y qué es lo que nos encontramos? Dos tipos (y sólo dos) enseñando gráficas incomprensibles -incluso falsas-, repitiendo sus discursos cansinos de siempre y actuando ante las cámaras tal como les han intentado enseñar una panda de psicólogos durante tres semanas. ¿Por qué me cago en los debates electorales? Hay varios motivos. A continuación los explico.
Me cago en los protagonistas del debate: los partidos políticos. Por un lado, el PP. La debacle de UCD permitió refundar la Alianza para crear el Partido: un éxito de consolidación de ideas. ¿En qué ha quedado? En un gran partido que defiende una política liberal, diría que casi mercantil, en aspectos como el de la lengua y, al mismo tiempo, se muestra más conservador que la propia iglesia católica en la defensa de los valores cristianos tradicionales. O se es liberal o se es democristiano, digo yo. Por otro lado, el PSOE, con la típica hipocresía izquierdista de predicar una cosa y actuar de otra forma; y apropiándose de valores sin dueño como el progreso o el estado del bienestar. Así no hay quien se pueda fiar de nadie.
Me cago en el lenguaje no verbal. Me imagino a Zapatero y a Rajoy recibiendo clases de comunicación no verbal. En cuestión de unas pocas semanas, una tropa de especialistas les habrá adoctrinado, recordándoles qué gestos transmiten confianza y cuáles pueden interpretarse negativamente. No es que no crea en esas teorías, al contrario. De todos modos, pienso que, aunque algo se puede llegar a entrenar o mejorar, las aptitudes comunicativas son prácticamente innatas. Si no se llega a interiorizar lo aprendido, no sirve de nada. Por eso, cuando un político termina estando más pendiente de sus gestos que de lo que dice u oye, se convierte en un aprendiz de actor, en un pelele que tiene que recitar un guión con una determinada pose. Me cago en esa falta de naturalidad.
Me cago en el formato de "no agresión". En estos debates tan encorsetados, Zapatero y Rajoy no pueden hacer más que recitar su discurso sin escuchar al oponente. Llevan las preguntas preparadas de casa (¿qué mérito tiene eso?) y disponen de una batería de datos que sacan rápidamente de la chistera cuando el adversario pronuncia determinadas palabras clave. Creo que, tanto el uno como el otro, están capacitados para debatir con menos reglas y más autenticidad.
Me cago en los datos también. Parece que un argumento soportado en números es automáticamente más creible. Es una verdad a medias (es decir, una trola). Cualquier estadística, mostrándola en números absolutos o relativos, escogiendo unos periodos de tiempo ligeramente desviados, puede terminar diciendo una cosa o justo la contraria. Si hay que presentar datos en el debate, que los expliquen pero bien. No puede ser que los debatientes parezcan esclavos del PowerPoint enseñando gráficas como locos y sin llegar a interpretar sus dibujitos. “Es que no habría tiempo para todo”, dirán algunos. Pues en eso me cago. Por intentar hacer las cosas rápido, se terminan haciendo mal. Para eso, mejor no hacerlas.
Me cago en la búsqueda de un ganador. ¿Por qué tiene que haber vencedor en un debate electoral? En un partido de fútbol, está claro: gana el que marca más goles. En un debate, ¿cómo se sabe eso? En teoría, gana quien logra convencer a más indecisos, puesto que ése es el objetivo del debate. ¿Y cómo medimos eso? Pues no se puede. No se puede conocer el número de indecisos que, gracias a un debate electoral, han salido de dudas. Si no se puede saber el ganador con un método fiable, ¿cómo se decide? Hay dos posibilidades: encuestas y análisis. Igual de nefastas las dos...
Me cago en las encuestas. ¿Es que nadie se da cuenta de que la gente, en las encuestas, miente? Mentimos en las encuestas sobre consumo o hábitos sexuales. ¿Cómo no vamos a mentir sobre política, algo mucho más íntimo? Si me llegan a llamar a casa cuando terminó el debate, les habría dicho que ganó la santa madre de Campo Vidal, que estaría muy contenta por lo bien que habló su hijito. ¿Por qué son necesarios tantos sondeos, encuestas, barómetros y hostias en vinagre? La encuesta buena será la del 9 de marzo. Hasta entonces, cualquier sondeo sólo sirve para quemar dinero.
También me cago en los análisis posteriores al debate. Volviendo al símil futbolístico, imaginaos una falta al borde del área. Estáis viendo el partido en casa con unos amigachos. ¿Ha sido penalti? Pues depende. Los aficionados del equipo defensor verán la falta claramente dos palmos fuera del área. Sin embargo, los partidarios del atacante no dudarán que el contacto se produce sobre la divisoria: penalti de libro. Lo mismo pasa con las valoraciones de un debate. Cada analista y cada medio, sólo ve lo que quiere ver. Nadie es capaz de abstraerse de sus propias convicciones y de evaluar objetivamente los hechos. No se puede ser juez y parte. Sólo alguien a quien no le importe la política y que no vaya a votar puede ser lo suficientemente neutral como para valorar quién ha defendido mejor sus ideas durante el debate. Como esas personas no ven los debates, no hay analista cuyo análisis me valga. Ni siquiera mi propia opinión me sirve.
Y me cago en el bipartidismo. Diréis que funciona en EEUU, por ejemplo. Que muchas opciones políticas llegarían a confundir a los ciudadanos porque somos imbéciles. O que la opción de tener sólo dos partidos grandes es la menos mala. Pues yo no lo veo así. Creo que, cuantos más partidos representados en el congreso haya, más plurales serán las leyes que se desarrollen. Creo en el trabajo en equipo, constructivo y participativo. Y, para eso, cuantos más colaboradores haya, mejor. Un debate entre sólo dos partidos engrandece a los contendientes pero empobrece las conclusiones.
Me he quedado a gusto... Estoy mucho mejor.









