La Coctelera

Categoría: Negocios y finanzas

Me cago en el puente aéreo

Después de varios años trabajando en Madrid, siendo asiduo del puente aéreo y de haberlo dejado hace unos meses, este fin de semana volví a utilizarlo. Como turista. Además de lo agradable de la visita, que lo fue, hubo muchas cosas que me gustó recordar.

Me gustó poder facturar en el mostrador de business –uno todavía conserva privilegios–; me agradó el saludo profesional de las azafatas al subir al avión; escuché relajado la música ambiental; contemplé con admiración el majestuoso arco iris de la T4… Pero, como podéis imaginar, si todo hubiera ido bien, no estaría ahora escribiendo sobre el puente aéreo. La masificación hace demasiado probable encontrar gilipollas, vayas donde vayas.

Me parece estúpida la prohibición de subir fluidos al avión. Pero me parecen más estúpidos todavía los que intentan burlarla. Uno quería subir un bote de espuma de afeitar que superaba las medidas reglamentarias, argumentando que estaba casi vacío. No sé si se hacía el tonto o lo era, pero sin duda me pareció tonto del culo. Después están los listos que se sientan junto a la puerta de embarque, observan impasibles cómo se va formando una cola delante de ellos y, cuando llega el momento, buscan un lateral de la fila y pasan por delante de todos los que hemos estado haciendo cola. Me cagué en ellos, claro.

Ya dentro del avión, me cagué en el tío que tenía al lado. Le cantaba el aliento, respiraba por la boca y le gustaba mirar por la ventanilla. ¡Vaya combinación! Yo estaba en la ventanilla, con lo que tuve que tragarme su aire putrefacto casi todo el viaje. Me cagué en la gorda que tenía detrás. Los aviones no están pensados para gordos. Ella no tiene la culpa –o sí– pero cada vez que se movía, golpeaba el respaldo de mi asiento. Me cagué en el que roncaba. La gente que ronca no debería andar durmiéndose por ahí. Estuve cagándome en él (o en alguien de su familia) a ritmo de una vez por ronquido. Creo que no le quedó ningún pariente limpio. Me cagué en el comandante, que tuvo que saludar justo cuando ya me había adaptado a las circunstancias y empezaba a dormirme. Me cagué en Iberia, porque nunca suben bocadillos suficientes. Para un día que estaba dispuesto a ser atracado (8€ por un bocata de jamón no merece otro nombre), ya se les habían terminado.

Y me cagué, más que en nadie, en la pija cuyo móvil sonó al aterrizar. La muy hijaputa lo había llevado encendido todo el viaje. Y aun sabiendo que hasta que "las puertas hayan sido abiertas" no se puede usar el móvil, estuvo escribiendo SMS's mientras nos dirigíamos al finger. Dicen que la ignorancia no exime del cumplimiento de la ley. No es que disculpe a los ignorantes; pero los cínicos, los que conocen las reglas y se las saltan conscientemente, me sacan de quicio.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los que hablan sin haber pensado

Imaginemos que estamos en una reunión. Después de varios meses dedicados a tareas de otro tipo, volvemos a primera línea de combate, a una reunión de pre-venta con un cliente potencial. No se trata del cliente más apetitoso del mercado pero, al fin y al cabo, es dinero que hay en juego.

La reunión transcurre con normalidad. Parece que hemos conseguido vender nuestras ideas y el cliente está casi convencido. Aunque no hemos abierto la boca durante toda la reunión (la inactividad nos ha quitado confianza), en el momento de cerrar la reunión, nuestro jefe nos da la palabra. Es una forma de empezar a ganar visibilidad ante el cliente, puesto que seremos pieza clave en el futuro de esa relación. Una mezcla de acojone y egoísmo nos obliga a ceder el protagonismo a un compañero. Es difícil explicar las causas, pero no son lo más importante ahora.

Después, nuestro jefe despacha con el director para comentar la reunión:

- ¿Y qué tal Samuel? ¿Cerró la reunión, tal como tenías previsto?

- Pues no. No sé exactamente por qué, pero ha preferido no hablar.

Al día siguiente, no vamos a trabajar (vergüenza, remordimientos… yo qué sé), pero nos llegan rumores de que un compañero ha estado criticando nuestro escaqueo en la reunión. Estallamos. A la primera oportunidad que tenemos, llamamos "mala persona" a nuestro jefe y "egoísta" a nuestro compañero. ¡Qué bien se siente uno después de echar sapos y culebras por la boca! (que le pregunten a Nacho Villa).

¿Lógico? ¿Meditado? ¿Útil? Diría que no. Parece poco lógico reprocharle al mundo defectos que son propios. Parece poco meditado morder la mano que te alimenta. Y, sobretodo, parece poco útil intentar resolver un conflicto creando un problema distinto y mayor.

Creo que, antes de decir las cosas en público, conviene haberlas pensando. Si puede ser, los temas espinosos mejor tratarlos en privado pero, si no se encuentra la ocasión, por lo menos, hay que haber pensado qué consecuencias puede tener lo que se va a decir. Por eso la semana pasada me cagué en Samuel Eto'o y, a continuación, en todos los que hablan sin pensar lo que van a decir. La lealtad y el orgullo no son incompatibles. Basta con ser un poco inteligente para encontrar la forma de combinarlos.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los profesionales que no se comprometen

Como muchos sabréis, amueblar un piso requiere paciencia y, en ocasiones, significa tener que confiar en un profesional para que te aconseje. Es la diferencia entre comprar productos y contratar servicios. Si vas a una agencia de viajes, en realidad no pagas por los billetes de avión, ni por el hotel, sino que pagas por el servicio de asesoramiento. Es un poco más caro, pero si no mereciera la pena, las agencias de viajes ya no existirían.

Para amueblar el dormitorio, confié en un decorador. Primer error: no me debería haber fiado de un tipo maloliente que, en lugar de dientes, tiene garbanzos y, en lugar de uñas, mejillones. Pero parecía que sabía lo que se decía, así que le encargué los muebles. Segundo error: quedamos en que "cuando me lleguen, ya te avisaré". ¡Qué tonto fui! Un buen profesional, comprometido, no habría propuesto ese tipo de trato. Habría fijado una fecha de entrega, me habría mantenido al corriente de cómo iba el trabajo y, finalmente, habría cumplido con lo pactado.

Lamentablemente, el tío no se comprometió en nada. Tenía que ser yo quien preguntaba semana a semana cuándo tendría los muebles. Cuando contestaba al teléfono, porque el muy cabrito muchas veces ni lo hacía, se excusaba con chorradas, y hacía responsable de cualquier retraso al taller que él mismo había subcontratado. Si uno quiere ganarse la vida como intermediario, lo mínimo que se le puede pedir es que no sea un simple correveidile. Habría llenado garrafas y garrafas de mierda si me hubiera dedicado a recoger toda la caca que, en mis sueños, le he echado encima.

Al empezar a trabajar, me enseñaron que un buen profesional no sólo debe colaborar en los proyectos que lleva a cabo. Además, tiene que comprometerse. La diferencia entre involucrarse y comprometerse es la misma que hay entre una gallina y un cerdo en un plato de huevos con beicon: la gallina se involucró; el cerdo se comprometió. Como consumidor, he aprendido la lección: a partir de ahora, basta de gallinas, sólo trabajaré con cerdos. Cuando contrate algún servicio, exigiré un contrato y un compromiso por parte del vendedor, con cláusulas de penalización por incumplimiento. De todos modos, me seguiré cagando en las gallinas, en los profesionales que no se comprometen.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en la prensa rosa

¿Son buenas las drogas? Algunas sí, sin duda; nos curan enfermedades. Otras, en función de la dosis, pueden no ser perjudiciales. Y también hay drogas que, por mínima que sea la toma, hacen daño. De la misma forma que no se puede generalizar con la droga, tampoco se debería con la prensa rosa, pero yo lo voy a hacer. Soy así de contradictorio.

Me gusta comparar la prensa del corazón con las drogas porque creo que tienen un modelo de negocio muy parecido. Por un lado, están los productores. En un caso, agricultores suramericanos, marroquíes, gente muy necesitada, que tiene que cultivar las plantas más rentables para sobrevivir (coca, cáñamo, adormidera…). En cuanto al cotilleo, los productores son los famosillos de capa caída (o los que nunca han tenido capa) que, para poder mantener su ritmo de vida, tienen que vender su intimidad por fascículos. ¿Reprochable? Sólo cuando el agricultor adultera su mercancía o cuando el famosete inventa historias para publicitarse. Me cago en los montajistas.

En el segundo eslabón de la cadena, están los distribuidores. Desde grandes narcotraficantes a camellos de barrio; desde grandes agencias a paparazzi autónomos. Saben que hay un mercado. Saben que la gente está dispuesta a pagar mucho dinero por un poco de droga o por un rumor. Y se aprovechan de ello. Suelen ser tremendamente ricos y despiadados. Pagan bien a los pobres agricultores, pero ingresan mucho más de lo que gastan. Codiciosos, muchas veces venden gato por liebre, y mezclan la droga con sustancias más baratas para reducir costes. Los periodistas hacen lo mismo y exprimen una foto o una frase, que ni siquiera es noticia, adornándola de tal forma que incluso parece tener relevancia. Me cago en los periodistas que pretenden convertir lo vulgar en trascendente.

Finalmente, están los consumidores. Ningún negocio funciona si al final no hay gente que se deje la pasta en él. Hay consumidores esporádicos. A ésos, sólo les puedo recomendar prudencia, están jugando con fuego. Los habituales, los drogaditos, son enfermos. Algunos ni siquiera son conscientes de su enfermedad, pero se están dejando perder la vida. Con la cantidad de cosas bonitas que se pueden hacer, parece estúpido perder el tiempo con las drogas (o con el papel cuché). También me cago en aquellos que conocen mejor qué pasa en la familia de Lola Flores (o del famoso de turno) que en la suya propia.

Tres actividades que se complementan la una a la otra. La mierda fluye en un sentido, mientras el dinero recorre el sentido contrario -aunque la mayor parte se pierde siempre entre intermediarios-. Unos producen mierda, otros la revenden y los últimos la compran. Me cago en toda la cadena de suministro pero, de la misma forma que, en lo relativo a drogas, mi dedo acusador apunta principalmente a los traficantes, si hablamos de prensa rosa, me cago sobre todo en las grandes productoras (Hormigas Blancas, Mandarina, Cuarzo…) y en las revistas que publican basura.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en las páginas de descarga con timo

Que cada cual se gane la vida como pueda, pero ir de listo por la vida no está bien. Dando vueltas por Internet, he encontrado algunas páginas de descarga de software que son una inmoralidad, por muy legales que sean. Pondré sólo un par de ejemplos, aunque estoy seguro de que hay cientos de timos parecidos en la red.

Primer ejemplo, el Messenger. Si buscas "descargar messenger" en Google, se nos ofrece un enlace patrocinado a una página donde se puede leer lo siguiente:

Este sitio no mantiene ni guarda relación con Microsoft ni ninguna marca asociada a dicha compañía.

Y me pregunto yo: si no guarda relación con la compañía de Bill Gates, ¿por qué coño habilitan un servicio de descarga de su software? ¿Tan tontos somos los usuarios que instalaremos el programa desde su ejecutable –que exige el envío de SMS's– en lugar de hacerlo desde el sitio oficial de Microsoft? La respuesta es "sí, somos tontos". Muchos inocentes pican cada día en este timo. Dudo que, al final, el programa en cuestión termine instalando el Messenger. Dudo, incluso, que haya algún tipo de respuesta al SMS. Por lo menos, deberían contestar algo del tipo "si recibes este mensaje, es que te acabamos de soplar 3€; muchas gracias por el donativo". Casi quinientas de las antiguas pesetas a la basura…

Otro ejemplo, eMule. Ni siquiera he intentado descargarme el programa. El nombre del dominio, con esos guiones tan chungos, ya es sospechoso. Imagino que se tratará de un mecanismo parecido. Un programa de instalación que encapsula el programa del proveedor real pero que, para completar el proceso, te obliga a enviar un SMS (o dos, o tres…) en algún momento de la configuración.

Me cago en aquellos a quienes no se les ocurre otra cosa que engañar a bobos para ganar dinero. Páginas de Internet, proveedores de contenidos para móviles (vaya mafia también), presuntos sorteos donde se participa por SMS… La estampita o el tocomocho son timos desfasados. Ahora lo que se lleva es la usurpación de datos bancarios en la red, el software espía o los concursos en los que gana quien contesta antes (llamando a un 902) de qué color era el caballo blanco de Santiago. Por cierto, ¿alguien lo sabe?

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en Iberia

Cada vez que viajo con Iberia, se me ocurre algún motivo nuevo para cagarme en ellos. Pero lo de esta vez ha sido más grave, porque ni siquiera me ha hecho falta volar.

De un tiempo a esta parte, algunas empresas siguen la moda utilizar la solidaridad corporativa como parte de su estrategia de marketing. Muchas grandes organizaciones, ya sea por obligación -como las cajas de ahorros- o por vocación, dedican partidas a acciones humanitarias, fundaciones o ayudas sociales de todo tipo. Podría parecer que se trata de una obra totalmente altruista. En realidad, sale a cuenta: la solidaridad vende. Y las empresas lo saben muy bien.

Hasta ahí, nada que reprochar. Que el Barça quiere donar un porcentaje de sus ingresos al UNICEF para demostrar que es más que un club, perfecto. De rebote, han conseguido revalorizar la camiseta y vender más. Una buena operación.

El caso de Iberia no es igual. Su campaña de navidad no es un simple mercadeo de acción social. Es, además, una trola inmunda. Se han apropiado de la imagen de una de las ONG’s más admirables que ha parido nuestro país: Payasos sin Fronteras. Y además, no sé si con permiso o sin él, han sacado de contexto la banda sonora del primero de enero (un vals de Strauss).

Si todavía no habéis visto el anuncio, lo haréis a poco que miréis la tele. Está muy bien producido. Diría, incluso, que es emocionante. La mezcla de música, payasos y niños, todos sonrientes, está muy bien conjuntada. Pero es triste que, para ganar unas perras, Iberia tenga que decir que la ilusión viaja con ellos, cuando no es cierto que tengan acuerdos de colaboración con Payasos sin Fronteras.

Si una empresa quiere cambiar su imagen mostrándose como organización de buena voluntad, lo mínimo que se le puede exigir es que lo que dicen sea cierto. Por eso me cago en los que mienten y engañan, en los que quieren colarnos gato por liebre, en aquellos que dan más importancia a la apariencia que a la esencia y en los dicen ser buenas personas sin serlo. Me cago en Iberia.

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Me cago en el París-Dakar

Vivimos en equilibrio inestable. En electrónica se diría que estamos sometidos a una realimentación positiva: una variación de la salida del sistema provoca variaciones mayores en el mismo sentido. En realidad, se puede resumir tanta palabrería diciendo que, si no hacemos algo para remediarlo, los países ricos serán cada vez más ricos y los países pobres serán cada vez más pobres.

Una muestra desagradable de esta inestabilidad es el rally Dakar (le han tenido que cambiar el nombre para poder empezar cada año en la ciudad europea que más puje), un recorrido vergonzante por el corazón de África. Unos mueren de hambre; a otros les basta con llegar al punto de control para saciar su apetito. Unos no disponen de agua corriente; otros viajan con letrinas móviles. Unos piden limosna; a otros les sobran patrocinadores. Unos sobreviven; otros compiten. Unos mueren atropellados; otros se juegan la vida. ¡Qué desigualdad! Me cago en la desigualdad. Y me cago en el Dakar.

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Me cago en El Rondo

Alfonso Arús siempre me ha caído mal. Especialmente, desde que me dijeron –hará unos quince años– que me parecía a él. Me disgusta parecerme a gente que me disgusta. Tiene una cara afable y una sonrisa estupenda, pero creo que, por la cabeza afeitada de Arús, no corren más que índices de audiencia, amarillismo y desconfianza.

No sé si continúa en la radio, pero en televisión está haciendo más de tres horas diarias en directo en 8tv (Arucitys y Força Barça) a lo que se suma la dirección de las ediciones estatal y autonómica de El Rondo. Es probable que haga más cosas, pero me voy a centrar en el mencionado Rondo (nada que ver con el rondeau, como algunos pensaban).

Este programa pretende ser un debate futbolístico, ágil y divertido. Más que un resumen de lo acontecido en la jornada, hace hincapié en tendencias detectadas que pueden marcar el devenir de los próximos encuentros. Hasta ahí, perfecto. Muy buen objetivo. Pero planificación no es lo mismo que ejecución. La mejor idea puesta en manos de incompetentes puede hacer fracasar cualquier proyecto.

¿Y quiénes son los incompetentes de El Rondo? Cuando algo falla tan estrepitosamente, no se puede buscar un único culpable. La responsabilidad está repartida, aunque parece lógico no empezar por Valery Karpin, que es el último mono que ha llegado. Si se trata de cortar cabezas, mejor empezar por arriba.

Lo más molesto de El Rondo es el ruido. Durante el 60% de la duración del programa hay más de tres personas hablando a la vez. No se entiende nada. A mi entender, el responsable de esto es el director, que no da las directrices adecuadas a los moderadores para que corten a los invitados maleducados. Los mismos presentadores también podrían rebajar los niveles de ruido, precisamente porque muchas veces son ellos mismos quienes inician conversaciones paralelas. Y, lógicamente, los responsables últimos son los invitados, que aplican el principio de "me vas a escuchar porque voy a gritar tanto que no permitiré que oigas tus propias palabras". Si quisieran comunicar algo, se preocuparían de usar un silencio para empezar a hablar, pero como lo importante (incentivado desde la dirección) es el jaleo, las formas terminan pisando cualquier fondo posible.

Imagino quienes se dediquen a la gestión de proyectos habrán encontrado varias dobles lecturas en este artículo. Es intencionado. Porque también me cago en directores de proyectos que, como Arús, no saben fijar objetivos a su equipo; en jefes de equipo que, como los presentadores de El Rondo, permiten que sus supervisados resten en lugar de sumar; y en quienes, como los invitados, prefieren gritar y armar barullo antes que hablar constructivamente.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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