La Coctelera

Categoría: Estilo de vida y tendencias

Me cago en la lluvia (de hoy)

Pues sí, hoy me caso y llueve. Llueve todo lo que no ha llovido todos estos meses de puta sequía. Desde el domingo pasado, todas las previsiones lo anticipaban. Hemos tenido tiempo para hacernos a la idea pero eso no quita que esté jodido. Mejor dicho, cabreado. Bueno, irritado. ¡Qué coño, estoy cagándome en todo!

Me lo tomo de la forma más positiva que puedo. Seguro que también lo pasaremos bien pero uno quiere que el día de su boda la gente no tenga que ir con paraguas y esquivando charcos. Me cago en la lluvia. Por lo menos, en la lluvia de hoy. La borrasca de los cojones tenía que descargar precisamente hoy sobre mi ciudad.

¿Y los hombres del tiempo? Y las mujeres, claro, no quiero que nadie se quede sin mi dedicatoria. Fallan más que Andrés Montes retransmitiendo un partido de fútbol y hoy, justo hoy, han tenido que acertar. Será que era demasiado evidente que hoy iba a llover. Me cago en la leche... en la leche que mamaron.

Tampoco querría olvidarme de las monjas clarisas. ¡Vaya chiringuito tienen montado! Huevos gratis todo el año a cambio de la falsa promesa de garantizar buen tiempo. ¡Cuatro docenas de huevos llevaron mis padres! Me cago en lo crédulos que somos en este país. Está demostrado que esas monjas no saben rezar o es que rezar no sirve para nada cuando se trata de implorar sol.

En fin, respiraciones. Calma. Dejando la lluvia de lado, todo saldrá perfectamente. Será un día que no olvidaremos y todos los invitados se sentirán a gusto y disfrutarán de la fiesta. Si es que no resbalan por la calle y se caen de culo sobre el suelo mojado…

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Me cago en el puente aéreo

Después de varios años trabajando en Madrid, siendo asiduo del puente aéreo y de haberlo dejado hace unos meses, este fin de semana volví a utilizarlo. Como turista. Además de lo agradable de la visita, que lo fue, hubo muchas cosas que me gustó recordar.

Me gustó poder facturar en el mostrador de business –uno todavía conserva privilegios–; me agradó el saludo profesional de las azafatas al subir al avión; escuché relajado la música ambiental; contemplé con admiración el majestuoso arco iris de la T4… Pero, como podéis imaginar, si todo hubiera ido bien, no estaría ahora escribiendo sobre el puente aéreo. La masificación hace demasiado probable encontrar gilipollas, vayas donde vayas.

Me parece estúpida la prohibición de subir fluidos al avión. Pero me parecen más estúpidos todavía los que intentan burlarla. Uno quería subir un bote de espuma de afeitar que superaba las medidas reglamentarias, argumentando que estaba casi vacío. No sé si se hacía el tonto o lo era, pero sin duda me pareció tonto del culo. Después están los listos que se sientan junto a la puerta de embarque, observan impasibles cómo se va formando una cola delante de ellos y, cuando llega el momento, buscan un lateral de la fila y pasan por delante de todos los que hemos estado haciendo cola. Me cagué en ellos, claro.

Ya dentro del avión, me cagué en el tío que tenía al lado. Le cantaba el aliento, respiraba por la boca y le gustaba mirar por la ventanilla. ¡Vaya combinación! Yo estaba en la ventanilla, con lo que tuve que tragarme su aire putrefacto casi todo el viaje. Me cagué en la gorda que tenía detrás. Los aviones no están pensados para gordos. Ella no tiene la culpa –o sí– pero cada vez que se movía, golpeaba el respaldo de mi asiento. Me cagué en el que roncaba. La gente que ronca no debería andar durmiéndose por ahí. Estuve cagándome en él (o en alguien de su familia) a ritmo de una vez por ronquido. Creo que no le quedó ningún pariente limpio. Me cagué en el comandante, que tuvo que saludar justo cuando ya me había adaptado a las circunstancias y empezaba a dormirme. Me cagué en Iberia, porque nunca suben bocadillos suficientes. Para un día que estaba dispuesto a ser atracado (8€ por un bocata de jamón no merece otro nombre), ya se les habían terminado.

Y me cagué, más que en nadie, en la pija cuyo móvil sonó al aterrizar. La muy hijaputa lo había llevado encendido todo el viaje. Y aun sabiendo que hasta que "las puertas hayan sido abiertas" no se puede usar el móvil, estuvo escribiendo SMS's mientras nos dirigíamos al finger. Dicen que la ignorancia no exime del cumplimiento de la ley. No es que disculpe a los ignorantes; pero los cínicos, los que conocen las reglas y se las saltan conscientemente, me sacan de quicio.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en el día de San Valentín

Dicen que, hacia finales del siglo quinto, el Papa quiso prohibir un rito pagano de la fertilidad. La fiesta era, por lo menos, curiosa. Se sacrificaban animales, se les arrancaba la piel a tiras y los sacerdotes golpeaban a los estériles con esos pellejos ensangrentados. Después de la ceremonia, las parejas corrían a su casa para echar un polvete antes de que el conjuro perdiera su efecto. El amor… Era algo parecido a los orgasmos globales que ahora se organizan por Internet.

Esta celebración tenía lugar todos los 15 de febrero. Cuando el Papa la prohibió, los paganos simplemente la disfrazaron un poco y la pasaron al día 14, en que se conmemoraba el martirio de un joven cristiano llamado Valentinus. Parece que, un par de siglos antes, el tal Valentinus se había dedicado a unir en matrimonio a jóvenes parejas -no me consta si todas eran heterosexuales- desafiando así una ley imperial que impedía que los soldados se casaran (el matrimonio es una distracción que el ejército no podía permitirse). Valentín fue por ello condenado a muerte, ejecutado y santificado.

Por estos dos motivos -y alguno más que habrá- el día de San Valentín quedó asociado a la fertilidad, el sexo, el amor y el matrimonio. ¡Qué bonito!

Muchos siglos después, con la invención de la mercadotecnia, alguien detectó una oportunidad de negocio en este día. La oportunidad siguió el proceso habitual, convirtiéndose primero en oferta, después en pedido y, finalmente, en factura. Se había creado una necesidad social y unas formas de satisfacerla. ¡Venga, a ganar dinero!

Desde entonces, parece que, si el día de San Valentín no le haces un regalo a tu cónyuge, la pareja se debilita. Publicidad, tarjetitas de felicitación y otros obsequios absurdos (he llegado a ver tartas en forma de corazón y de color rosa). Me cago en el actual día de San Valentín. No soporto que los grandes almacenes dicten cuándo tenemos que hacernos regalos o qué tipo de obsequios hay que comprar. Por no hablar de lo mal que se siente uno cuando el día de San Valentín le pilla sin pareja. Esos días, da rabia incluso el ver a una pareja besándose por la calle.

Yo voy a pasar de bombones, ropa interior sexy u otras dádivas. Como mucho, celebraré el día de San Calentín (para muchos, San Calentón) y volveré a rememorar a Valentinus como hacían los romanos, pero sin sacrificar animales, que eso está muy mal visto últimamente.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en la prensa rosa

¿Son buenas las drogas? Algunas sí, sin duda; nos curan enfermedades. Otras, en función de la dosis, pueden no ser perjudiciales. Y también hay drogas que, por mínima que sea la toma, hacen daño. De la misma forma que no se puede generalizar con la droga, tampoco se debería con la prensa rosa, pero yo lo voy a hacer. Soy así de contradictorio.

Me gusta comparar la prensa del corazón con las drogas porque creo que tienen un modelo de negocio muy parecido. Por un lado, están los productores. En un caso, agricultores suramericanos, marroquíes, gente muy necesitada, que tiene que cultivar las plantas más rentables para sobrevivir (coca, cáñamo, adormidera…). En cuanto al cotilleo, los productores son los famosillos de capa caída (o los que nunca han tenido capa) que, para poder mantener su ritmo de vida, tienen que vender su intimidad por fascículos. ¿Reprochable? Sólo cuando el agricultor adultera su mercancía o cuando el famosete inventa historias para publicitarse. Me cago en los montajistas.

En el segundo eslabón de la cadena, están los distribuidores. Desde grandes narcotraficantes a camellos de barrio; desde grandes agencias a paparazzi autónomos. Saben que hay un mercado. Saben que la gente está dispuesta a pagar mucho dinero por un poco de droga o por un rumor. Y se aprovechan de ello. Suelen ser tremendamente ricos y despiadados. Pagan bien a los pobres agricultores, pero ingresan mucho más de lo que gastan. Codiciosos, muchas veces venden gato por liebre, y mezclan la droga con sustancias más baratas para reducir costes. Los periodistas hacen lo mismo y exprimen una foto o una frase, que ni siquiera es noticia, adornándola de tal forma que incluso parece tener relevancia. Me cago en los periodistas que pretenden convertir lo vulgar en trascendente.

Finalmente, están los consumidores. Ningún negocio funciona si al final no hay gente que se deje la pasta en él. Hay consumidores esporádicos. A ésos, sólo les puedo recomendar prudencia, están jugando con fuego. Los habituales, los drogaditos, son enfermos. Algunos ni siquiera son conscientes de su enfermedad, pero se están dejando perder la vida. Con la cantidad de cosas bonitas que se pueden hacer, parece estúpido perder el tiempo con las drogas (o con el papel cuché). También me cago en aquellos que conocen mejor qué pasa en la familia de Lola Flores (o del famoso de turno) que en la suya propia.

Tres actividades que se complementan la una a la otra. La mierda fluye en un sentido, mientras el dinero recorre el sentido contrario -aunque la mayor parte se pierde siempre entre intermediarios-. Unos producen mierda, otros la revenden y los últimos la compran. Me cago en toda la cadena de suministro pero, de la misma forma que, en lo relativo a drogas, mi dedo acusador apunta principalmente a los traficantes, si hablamos de prensa rosa, me cago sobre todo en las grandes productoras (Hormigas Blancas, Mandarina, Cuarzo…) y en las revistas que publican basura.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los perros que mean en las aceras

Dice un proverbio español que "sobre gustos y colores no han escrito los autores". Supongo que esto explica el hecho de que a algunos nos repugne Jiménez Losantos, mientras que miles de personas le escuchan cada día. O que a muchos no nos gusten los perros, y que haya tanta gente que los adora y que incluso les llega a llamar "animales de compañía". ¿De verdad un perro puede hacer compañía? A mí, no, desde luego. Pero, tal como dice la leyenda urbana, que cada uno haga lo que quiera con el paté.

Es evidente que animales sucios (como las ratas, las palomas o las cucarachas) encuentran en las ciudades un gran lugar para vivir. Creo que los perros tienen -o deberían tener- más clase. Diría que los perros más felices son los que viven en pueblos o en las afueras de la ciudad, en chalecitos con jardín, donde tienen toda una urbanización para corretear y para hacer sus necesidades. Quienes se empeñan en tener perros encerrados en un piso, se ven obligados a sacarlo a la calle de vez en cuando para que el animalito haga pipí y popó fuera de casa.

Cada vez hay más gente que acostumbra a llevar una bolsita para recoger las caquitas de su mascota (o una bolsa para los cagarros, que hay perros sorprendentes). Podríamos felicitarnos por eso; aunque, como cada vez hay más perros con dueños incívicos, la cantidad de mierda en la calle sigue aumentando. Pero no hay ningún invento para recoger el pis. Recuerdo que antes los perros eran más prudentes y meaban siempre en árboles o, como mucho, en señales de tráfico. Supongo que, como cada vez hay más animales en las ciudades, su instinto de dominio territorial se ha agudizado, y no les basta con marcar el árbol de la esquina para indicar que la calle es suya. Tienen que mearse en la acera, en las tapas de las compañías de utilidades, en las ruedas de los coches… Yo me cago en aquellos que permiten que sus perros manchen la calle con orina.

Y es que la orina de perro es muy chunga. No sé qué composición química tendrá (ni ganas) pero lo deja todo hecho una mierda. La mancha es persistente, penetra en las porosidades del suelo y de ahí no hay quien la saque. ¿Solución? Fácil: vigilancia y sanción. Que los urbanos trabajen un poco no es pedir demasiado (también me cago en ellos, por vagos). Bastaría con que cada guardia dedicara un par de horas a la semana a vigilar quién ensucia la calle. Y a quien la ensucie, multa. Estaría bien hacer como en los Estados Unidos: trabajos sociales para reparar el daño causado. Quien tira un papel al suelo, que vaya a limpiar culos a un geriátrico. Quien escupe, a desenganchar chicles con un rascador. Y quien deja que su perro orine en la acera, a trabajar gratis a la perrera municipal, para que aprenda que incluso los perros abandonados están mejor educados que el suyo.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los memes

Este post es un poco extraño. En realidad, conozco poco sobre memes, así que no me puedo cagar en ellos (¿o debería decir "ellas"?… da igual). En el fondo, creo que hasta me podrían llegar a gustar. Pero, en este blog, uno tiene que estrujarse la sesera para encontrarle defectos a todo.

Algunos memes, molan. Voy a contestar aquí a un par de cuestionarios de estos que me han enviado hace poco:

Cinco cosas que quizás nadie sabe de mí:

(1) Un libro que me ha construido: El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, aunque la palabra "construir" puede ser exagerada.
(2) Perfil electoral: Sólo voto en las elecciones municipales. Paso de partidos políticos, aunque paso más de algunos PPartidos que de otros.
(3) Estudios: Ingeniería de telecomunicaciones y electrónica.
(4) Canción favorita: Beyond the sea, interpretada por George Benson o Bobby Darin.
(5) Algo que es necesario hacer en la vida: Plantearse qué quiere hacer uno en la vida.

Y otro:

Las cinco tareas mas extrañas que tu jefe/-a te ha pedido:

(1) Firmar una tarjeta de felicitación de cumpleaños en su nombre.
(2) Pillar un avión para ir a una reunión por la tarde y volver en el mismo día.
(3) Utilizar la guía Pantone para calibrar un plotter. Nunca sabré qué quiso decir.
(4) Aplazar una reunión porque la señora tenía que ir a la peluquería.
(5) Trabajar ochenta horas a la semana para que no se diga que no nos esforzamos.

Pero, en general, pocos memes son interesantes. Vi uno que pedía agarrar el libro que tuvieras más a mano, abrirlo por la página 123 y citar las tres primeras frases del segundo párrafo (o algo así). Vaya tontería, ¿no? Creo que eso, en lugar de meme, debería llamarse memez. Otra cosa que no me gusta es lo de tener que reenviar el juego a otras personas. Las cadenas de mails siempre topan con un eslabón roto cuando pasan por mí.

Investigando sobre memes, he encontrado una página (losethegame.com) que me ha dejado flipado. No entiendo cómo hay gente que tiene tan poco trabajo como para dedicar su tiempo a cosas así. Aunque, pensándolo mejor, quizás no soy la persona más indicada para criticar malversaciones de minutos. En fin, me cago en los memes, pero con cautela.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los bordes

Este fin de semana cedí -otra vez- a los impulsos consumistas que me atacan de vez en cuando y fui de rebajas. No esperaba encontrar gangas (lo que queda a estas alturas de temporada no se ha vendido porque no ha convencido a nadie antes) pero algún descuento interesante siempre se puede encontrar.

Todo bien, a no ser por un par de dependientas incompetentes con las que me encontré. Imagino que, después de la campaña de Navidad, las chicas llegan cansadas a las rebajas y están hartas de clientes ignorantes. Pero yo nunca he sabido cuál es mi talla. De nada. Ni de camisas ni de pantalones ni de zapatos. Una buena dependienta debería ser capaz de saber la talla del tipejo que tiene enfrente con un simple vistazo. Pues no. En lugar de esto, me sueltan:

Si tú no sabes qué número usas, vamos arreglados. ¿Qué esperas? ¿Que te traiga un par de zapatos de cada número?

¿Eso son formas de tratar a un cliente? No contesté. Me di la vuelta y salí de la tienda por la puerta que tenía justo detrás. Cuando la puerta estaba cerrándose a mi espalda, oí a esa niñata que decía: "¡Qué borde!". Ahora resultará que el borde soy yo. Me fui sin decir nada precisamente para no soltar la lista de improperios que se me pasó por la cabeza. Cerrada la puerta, no me contuve y estuve cinco minutos cagándome en toda su familia.

Y es que el mundo de los servicios está muy falto de profesionales. Permitidme otro ejemplo. Como os contaba en otro artículo, hace poco me he comprado un piso. Tenía un problema de desagüe en uno de los retretes e hice venir al fontanero de la promotora para que lo arreglara. Después de haberlo analizado, va el tío y dice:

Pues esto se le va a quedar así. Arreglarlo lleva mucho trabajo y yo tengo otra obra ahora.

¿Y a mí qué coño me importa si tienes otra obra? Si hubieran hecho las cosas bien desde un principio, no se les solaparían las tareas. ¿Es que dichos como "el cliente siempre tiene la razón" o "pagando, San Pedro canta" ya han quedado desfasados?

Por curiosidad, he mirado en un portal de ofertas de empleo y veo que la amabilidad sigue siendo demandada en las empresas:

BUSCAMOS: Una persona amable, cordial en el trato, organizada, responsable y resolutiva, con gusto por realizar este tipo de funciones.

Si de vez en cuando nos topamos con dependientes chungos no es porque las empresas hagan mal su selección de personal, sino porque cada vez es más difícil encontrar personas bien educadas.

Me cago en todos los que se dedican a los servicios siendo bordes. Atender a un cliente significa saber gestionar la relación que se tiene con él. Se supone que, además de la venta ocasional, se procura dar un servicio de calidad, con el objetivo de fidelizar y retener a los clientes. La mayoría de profesionales de este sector están muy lejos de saber cuidar a sus clientes. No se dan cuenta de quién les está dando de comer.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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Me cago en los nengs

Me gusta Buenafuente. Lo admiro. Sabe mirar las cosas desde lejos, con suficiente perspectiva como para no tener que valorar. Simplemente observa y se ríe. De (casi) todo. Algunos confunden esa vista de pájaro (la helicopter view, que diría algún anglófilo) con mirar por encima del hombro, y lo tachan de prepotente o vanidoso. Independientemente de si Buenafuente es un chulo o no, a mí me gusta el retrato que han hecho de los macarrillas catalanes, los nengs. Me río con el personaje de Eduard Soto. Pero, cuando me encuentro individuos de estos por la calle, no puedo reírme. De hecho, no puedo evitar cagarme en ellos.

Lo primero que salta a la vista es la manada. Es difícil encontrar a nengs que vayan solos. No son personas independientes, necesitan pertenecer a un grupo porque creen que solos no son nada. En eso tienen razón: solos no son nada. Lo que no saben es que, yendo en grupo, son menos todavía.

Después, me fijo en el aspecto físico. Imagino que hacen mucho deporte. Por eso siempre llevan chándal. Algunos tienen que estar haciendo la mili (¿todavía se hace?), porque llevan el chándal del ejército, con la bandera española recorriendo el lateral del pantalón. Además, suelen ser muy flacos. ¿Será que practican atletismo de fondo? O quizás corren otro tipo de maratones. Maradona demostró que la droga ayuda a mantenerse delgado. ¿Y los pelos? ¿Y los pendientes? En fin, lo que una vieja resume sabiamente con un "qué mala pinta".

No es siempre así, pero los que no se dejan todo el sueldo en el crédito del coche suelen llevar perro. Boxer, pitbull o dogo argentino son sus razas favoritas. Evidentemente, lo llevan sin bozal. Y ya se sabe: dueño capullo, perro guarro. Es fácil encontrar meadas o cagadas de esos animales por la calle. Y de sus perros, también.

Me acerco y, entre escupitajo y escupitajo, dicen alguna palabra. No termino de adivinar si hablan en catalán o en castellano. En realidad, no hacen ni una cosa ni otra. Su nivel cultural no les permite distinguir los dos idiomas y por eso los mezclan sin saberlo. Ahora que vienen los reyes magos, oigo que hablan de una cámara digital de ocho píxeles que han visto de oferta no sé dónde. "Eso, cómprate una cámara de ocho píxeles, a ver qué fotos te salen, majo", pienso.

Al pasar por su lado, huelo a hierbas. Están fumando porros en medio de la calle. Preferiría que fumaran en su puta casa, pero supongo que algún camionero borracho estará colaborando para que su madre pueda pagar las deudas de juego del padre o la desintoxicación del hermano mayor.

Me alejo murmurando el "me cago en ellos" de rigor, cuando el ruido me impide escuchar mis propios pensamientos. El neng aplicado, el que se sacó la FP en mecánica y ahora tiene un sueldo estable, llega con su coche nuevo –naranja, con faldones rojos y techo amarillo–, la música a todo trapo y las ventanillas bajadas. ¡Qué hijo de puta! ¿Cómo se puede ser tan hijo de puta? Deseo que lo despidan del curro mañana mismo, y que su padre (el mismo que no le ha sabido enseñar qué es respeto por lo público) se tenga que hacer cargo de las cuarenta letras que faltan por pagar del jodido coche.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

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