La Coctelera

Categoría: Diarios personales

Me cago en la lluvia (de hoy)

Pues sí, hoy me caso y llueve. Llueve todo lo que no ha llovido todos estos meses de puta sequía. Desde el domingo pasado, todas las previsiones lo anticipaban. Hemos tenido tiempo para hacernos a la idea pero eso no quita que esté jodido. Mejor dicho, cabreado. Bueno, irritado. ¡Qué coño, estoy cagándome en todo!

Me lo tomo de la forma más positiva que puedo. Seguro que también lo pasaremos bien pero uno quiere que el día de su boda la gente no tenga que ir con paraguas y esquivando charcos. Me cago en la lluvia. Por lo menos, en la lluvia de hoy. La borrasca de los cojones tenía que descargar precisamente hoy sobre mi ciudad.

¿Y los hombres del tiempo? Y las mujeres, claro, no quiero que nadie se quede sin mi dedicatoria. Fallan más que Andrés Montes retransmitiendo un partido de fútbol y hoy, justo hoy, han tenido que acertar. Será que era demasiado evidente que hoy iba a llover. Me cago en la leche... en la leche que mamaron.

Tampoco querría olvidarme de las monjas clarisas. ¡Vaya chiringuito tienen montado! Huevos gratis todo el año a cambio de la falsa promesa de garantizar buen tiempo. ¡Cuatro docenas de huevos llevaron mis padres! Me cago en lo crédulos que somos en este país. Está demostrado que esas monjas no saben rezar o es que rezar no sirve para nada cuando se trata de implorar sol.

En fin, respiraciones. Calma. Dejando la lluvia de lado, todo saldrá perfectamente. Será un día que no olvidaremos y todos los invitados se sentirán a gusto y disfrutarán de la fiesta. Si es que no resbalan por la calle y se caen de culo sobre el suelo mojado…

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Me cago en la pelusilla del ombligo

Hoy ha sido un día extraordinario. He hecho algo que, probablemente, haré dos o tres veces en toda mi vida: me he mirado el ombligo. ¡Qué sorpresa más desagradable! En el mundo, hay dos clases de personas: las que tienen un ombligo-bulto y las que tienen un ombligo-hueco. Yo estoy en el segundo grupo y, por lo tanto, se me acumula pelusilla en el agujero. Todavía me da repelús cuando lo recuerdo...


He frotado un poco para ver si salía rápido. ¡Qué va! Parecía enganchado con pegamento. He tenido que utilizar unas pinzas para descorchar. Lamentablemente, sólo era el primer paso. Después de la primera capa de pelusilla, se ha asomado un pelo. Al estirarlo, se ha asomado un mechón. Mi sorpresa iba en aumento y casi me da algo cuando, después de estirar el segundo mechón, ha aparecido un hilo de color naranja. ¿Todo eso tenía guardado en el ombligo? ¡Me cago en mi anatomía! Nunca he me creído guarro pero quizás tengo que reconsiderarlo.


Es increíble. Después del hilo naranja, sale una hebra verde. Empiezo a sentirme como esos magos baratos que sacan interminables cintas coloradas por la boca. El hilo verde está como enganchado. Me da miedo estirar demasiado fuerte. ¿Y si me arranco el ombligo? Al final, me armo de valor y ¡zas! ¿Cómo puede ser? Me ha salido la cabellera de un click de Famobil. Y pensar que pasé mi infancia simulando que el grumete del barco pirata había sido atacado por una tribu indígena que extraía el cerebro a sus capturas...


Si esto hubiera terminado aquí, no me habría animado a escribir (qué olvidado tengo el blog, por cierto) pero es que ha habido más. Después de la peluca del click, me ha salido un caramelo Pez, un pin de Maguila Gorila, una tecla del Amstrad CPC 464, unas gafas de bucear, un chicle Cheiw de fresa ácida, una sierra de marquetería, una Botilde, un tebeo de El Capitán Trueno, el húmero del juego Operación, un recambio de tinta para Rotring, un Burmar Flax de cola, un cartabón y una moneda de 25 pesetas del Mundial'82. ¡Qué flipe!

¿Conclusión? Que me cago en mí por haber acumulado tanta mierda en mi interior. Pero también me cago en las chucherías de hoy en día. Y en los cómics en los que no terminan ganando los buenos. Y en los diseñadores de mascotas de ahora. Y en los transportadores de ángulos. Pero, sobre todo, me cago en el paso del tiempo. Ver todos esos recuerdos saliendo de mi ombligo me ha hecho recordar que me estoy haciendo mayor.

Me he quedado a gusto... Estoy mucho mejor.

Me cago en Rizo

No me gustan los animales. No me gustan los charlatanes. No me gustan las mascotas. No me gustan los anuncios tontos. No me gustan los anuncios donde salen bestias hablando...

Con estas inclinaciones, supongo que a nadie le extrañará que no pueda tragar a Rizo, ese erizo embaucador y pedante que pretende vender seguros para coches. Me pregunto en qué estaría pensando el equipo de creadores que decidió plantar un erizo en esa colección de anuncios...

- Tenemos que proyectar una imagen de seguridad, buen servicio, ahorro, servicio diligente.
- ¡Ya lo tengo! ¡Un erizo!
- ¡Sí, es perfecto! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Un erizo es ideal para vender seguros. Y vamos a llamarle Rizo, de e-Rizo.
- ¡Genial! ¡Qué ingeniosos somos!

Tampoco entiendo cómo los directivos de la aseguradora pudieron tragar con semejante bicho repelente. Será que no tengo ni puta idea de marketing.

Creo recordar que, al principio, sólo intentaba cruzar una carretera. ¡Lástima que, en ese primer anuncio, no lo hubiera atropellado algún coche! Total, se supone que tiene un buen seguro, ¿no? Lamentablemente, Rizo consiguió cruzar la carretera sin percances y se convirtió en el presentador de un mini-programa de televisión en que resolvía dudas los invitados. Ahí ya empezó a demostrar ser un engreído pomposo. Siempre daba la misma respuesta, sin apenas escuchar a su contertulio. A pesar de los malos resultados que tuvo ese consultorio, a Rizo se le subió la fama a la cabeza. Poco después, pudimos verlo endiosado, despreciando a un rebaño de periodistas que anhelaban una exclusiva. Por cierto, ¡qué mal está el periodismo en nuestro país!

De un tiempo a esta parte, estamos conociendo facetas más cotidianas de Rizo, con lo que cada día lo detestamos más. Nos lo han presentado en el gimnasio, presumiendo de tipazo e intentando ligar con una chavala. Además, la chica va y le dice "tú no estás nada mal". Justo lo que necesita alguien con el ego subido. Pero, sin lugar a dudas, el anuncio más infecto de Rizo ha sido el del psicoanalista argentino (¡vaya topicazo!). ¿Desde cuándo los erizos saben imitar acentos latinoamericanos? ¡Qué coraje da esa bola de púas cachondeándose del acento del psicólogo! Lo peor es que el argentino, en lugar de pegarle una patada en la boca, seguro que termina haciendo la llamada del ahorro. Imagino que se sintió cohibido con tanta cámara.

No hace falta que Rizo tenga un accidente y muera atropellado por un camión de dos toneladas -¿no hace falta?- pero sí que agradecería a los publicistas responsables de esta imagen corporativa que se empeñaran en buscar un final feliz para el erizo. Hasta entonces, me cago en Rizo, me cago en los publicistas, me cago en la chavala del gimnasio, me cago en los psicólogos argentinos, me cago en...

Me he quedado a gusto. Estoy mucho mejor.

Me cago en el pipí de madrugada

Mi relación con la cama siempre ha sido bastante peculiar. Se podría resumir diciendo que soy un cuerpo con mucha "inercia durmiente". Cuando estoy despierto, me cuesta modificar ese estado de movimiento y la inercia me impulsa a seguir activo. Por otro lado, cuando duermo, tiendo a seguir haciéndolo a menos que alguna fuerza externa me interrumpa lo suficiente.

Aparte de los despertadores, no hay muchas "fuerzas externas" que puedan sacarme del reino de los sueños. Mientras duermo, soy prácticamente inmune a todo tipo de contaminación acústica: vecinos en obras, ronquidos, críos, petardos, truenos… Pero hay un tipo de causa capaz de modificar mi reposo sin hacer ruido: las ganas de hacer pis. ¡Qué putada! Estás en la cama, calentito, durmiendo. Con un poco de suerte, en mitad de un sueño agradable y, de repente, se te abren los ojos:

[Tú] ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?
[Tu otro tú] Ah, vale. Estoy en la cama. Acabo de despertarme.
[Tú] ¿Por qué me he despertado? ¿Qué hora es?
[Tu otro tú] Coño, si son las tres. Anda, voy a cerrar los ojos a ver si recupero el sueño donde lo dejé.

[Tú] Nada. No hay manera. No me duermo. Tiene que haber algún motivo para haberme despertado.
[Tu otro tú] Pero si es noche cerrada, no se oye ni un ruido…
[Tú] ¡Joder, me hago pis! Me va a estallar la vejiga, ¡mierda! Voy a tener que salir de la cama. Con el frío que hace fuera. Y no tengo las zapatillas cerca. Tenía que haber puesto calefacción en el suelo. ¡Brrrr!

Medio dormido y andando de puntillas, llegas al baño. Sin gafas, con los ojos entreabiertos (más bien entrecerrados), intentas acertar pero terminas meando fuera de tiesto (en sentido literal). Después, vuelves a la cama lo más deprisa que puedes, independientemente de si te has podido sacudir bien la gota floja o no. ¡Por fin, en la cama otra vez!

[Tú] Me cago en mí. ¿Por qué no hice pis ayer antes de acostarme?
[Tu otro tú] Claro, que si tuviera una vejiga más elástica, no haría falta ser tan precavido. Me cago en mi vejiga. ¿Y por qué los riñones siguen funcionando por la noche? ¿No descansan nunca? ¿Son adictos al trabajo los riñones? Me cago en los riñones.
[Tú] Aunque, ahora que lo pienso, he tenido pis por la botella de vino que me pimplé cenando. Estaba demasiado bueno… Me cago en el buen vino.
[Tu otro tú] Y me cago en House también, que me fui a la cama escopeteao por su culpa.
[Tú] Para ser justo, debería cagarme en Cuatro. Son ellos quienes ponen una tanda de anuncios antes de resolver el episodio.
[Tu otro tú] Por cierto, ¡qué fuerte lo del boicot del PP al grupo Prisa…! ¿Debería cagarme en el PP o en Prisa?
[Tú] ¿Y merece la pena que te desveles pensando en esto, tontolculo? Anda, deja de cagarte en el mundo entero por una tontería y ¡duérmete de una vez!

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…

Me cago en las precuelas

El viernes fui al cine. Es una lástima que los cines tengan los días contados. Me temo que, dentro de unos años, ya no quedarán salas. Ni siquiera en los centros comerciales de la periferia de las ciudades. No sé si la culpa es de Internet, de la piratería o de las malas películas que se hacen. Lo cierto es que cada vez cuesta más encontrar una película por la que merezca la pena pagar 6€. Sobran medios pero faltan ideas. Ya no hay guiones originales. En su lugar, se versionan libros, tebeos, obras de teatro, series de televisión y hasta videojuegos. Incluso se rehacen películas o, cuando se intuye que la vaca todavía tiene leche, se crean precuelas.

Un inciso: no sé qué recomienda la RAE para nombrar a las precuelas, por lo que seguiré llamándolas así, aunque sea una aberración etimológica. Las alternativas de protosecuela o presecuela me convencen todavía menos.

¿Por qué me cago en las precuelas? Pues la clave está precisamente en eso: en el porqué. Conoceréis las cinco W del periodismo: quién, qué, dónde, cuándo y por qué. Un buen reportaje periodístico tiene que responder a esas cinco preguntas. Pero ¿alguien ha dicho que un relato tenga que cumplir con las cinco W para ser interesante? ¿Hace falta entender el porqué de las cosas para disfrutar con una película? ¿Alguien echa de menos una explicación de por qué una pequeña villa costera se ve atacada por Los Pájaros?

A mi entender, muchas precuelas caen en el vicio de querer explicar racionalmente todo lo que se ha podido ver en la película original. Me puedo imaginar cómo se escribe el guión de una precuela: se listan todos los acontecimientos y rasgos de la personalidad de los protagonistas, se encuentra un motivo para cada uno de ellos y, finalmente, se enlazan todas esas explicaciones como si se tratara de un puzzle, aunque las piezas no terminen de encajar. ¿El resultado? Una película que carece de argumento propio, una sucesión de historietas independientes que parece más un tráiler que otra cosa.

Si tenéis niños (o sobrinos o algo) habréis jugado alguna vez al "¿y por qué…?". Cuando a los niños se les despierta la curiosidad, tienden a preguntar el porqué de las cosas. De todas las cosas. Es una especie de desafío que lanzan cuando te preguntan por qué tienen que terminarse el pollo; para cada respuesta, encuentran un nuevo "¿y por qué…?" y terminas explicándoles el origen del universo o la evolución de las especies. El viernes, viendo Hannibal Rising, me sentí como el niño tocapelotas que pregunta el porqué de todo, una cuestión tras otra, y se descojona viendo como el "adulto", con buena voluntad, va tratando de responder a todas las preguntas con más o menos ingenio. Un poco ridículo. Yo prefiero que las películas se centren más en el quién y en el qué antes que en el por qué.

Evidentemente, hay notables excepciones. Quizás la primera precuela que conozco, El Padrino II, es la mejor excepción. Media película es una precuela de El Padrino y, a pesar de ello, me gusta. Precisamente, porque no se detiene en razonar lo que se pudo ver en la primera parte, sino que relata una historia propia, independiente, que podría existir sin las películas posteriores (o anteriores, según se mire).

Así que, a menos que me demuestren lo contrario, me cago en las precuelas. Hannibal Rising, la primera trilogía de "Star Wars" (entera), "El Exorcista, el inicio", "La Matanza de Texas, el inicio"… son películas que no tendrían sentido por sí solas. Sólo sirven para complementar, con dudoso éxito, las películas originales. Son totalmente prescindibles.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…

Me cago en los profesionales que no se comprometen

Como muchos sabréis, amueblar un piso requiere paciencia y, en ocasiones, significa tener que confiar en un profesional para que te aconseje. Es la diferencia entre comprar productos y contratar servicios. Si vas a una agencia de viajes, en realidad no pagas por los billetes de avión, ni por el hotel, sino que pagas por el servicio de asesoramiento. Es un poco más caro, pero si no mereciera la pena, las agencias de viajes ya no existirían.

Para amueblar el dormitorio, confié en un decorador. Primer error: no me debería haber fiado de un tipo maloliente que, en lugar de dientes, tiene garbanzos y, en lugar de uñas, mejillones. Pero parecía que sabía lo que se decía, así que le encargué los muebles. Segundo error: quedamos en que "cuando me lleguen, ya te avisaré". ¡Qué tonto fui! Un buen profesional, comprometido, no habría propuesto ese tipo de trato. Habría fijado una fecha de entrega, me habría mantenido al corriente de cómo iba el trabajo y, finalmente, habría cumplido con lo pactado.

Lamentablemente, el tío no se comprometió en nada. Tenía que ser yo quien preguntaba semana a semana cuándo tendría los muebles. Cuando contestaba al teléfono, porque el muy cabrito muchas veces ni lo hacía, se excusaba con chorradas, y hacía responsable de cualquier retraso al taller que él mismo había subcontratado. Si uno quiere ganarse la vida como intermediario, lo mínimo que se le puede pedir es que no sea un simple correveidile. Habría llenado garrafas y garrafas de mierda si me hubiera dedicado a recoger toda la caca que, en mis sueños, le he echado encima.

Al empezar a trabajar, me enseñaron que un buen profesional no sólo debe colaborar en los proyectos que lleva a cabo. Además, tiene que comprometerse. La diferencia entre involucrarse y comprometerse es la misma que hay entre una gallina y un cerdo en un plato de huevos con beicon: la gallina se involucró; el cerdo se comprometió. Como consumidor, he aprendido la lección: a partir de ahora, basta de gallinas, sólo trabajaré con cerdos. Cuando contrate algún servicio, exigiré un contrato y un compromiso por parte del vendedor, con cláusulas de penalización por incumplimiento. De todos modos, me seguiré cagando en las gallinas, en los profesionales que no se comprometen.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…

Me cago en los pre-car-sos

De vez en cuando, me gusta inventar palabras. Aunque el idioma español tiene un rico vocabulario, lleno de matices, algunas veces me cuesta encontrar el término justo que define exactamente lo que pienso. En esos casos, en lugar de buscar en el diccionario, prefiero mezclar unas cuantas palabras que expresan parte de la idea que quiero decir y de ahí sale un nuevo vocablo.

Esto lo aprendí en el colegio, donde unos amigos se referían a algunas chicas como zordas. "¿Qué es eso de zorda?", pregunté yo. "Es una tipa gorda, cerda y zorra". ¡Qué capacidad de síntesis! Tres palabras de cinco letras dan lugar a otra igual de larga, pero que expresa muchísimo más: descripción física, higiénica y moral de un plumazo. Un juego divertido, sin duda.

Una de las palabras que he inventado más recientemente es precarso. Un precarso es una persona previsible, carca y sosa. Necesitaba tener esos tres conceptos juntos para poder cagarme, de una sola sentada, en quienes encajan con esta descripción.

Me cago en los previsibles, porque no sorprenden. Una vez has conocido a una persona previsible en tres o cuatro situaciones complejas, te puedes hacer una idea muy clara de cómo reaccionará ante cualquier asunto. Conversar con una persona previsible se me hace aburrido, porque, en función del tono, matiz o palabras clave de mis argumentos, ya sé cómo replicará el otro. Un amigo invisible tendría más creatividad que algunos previsibles que conozco.

Me cago en los carcas, porque impiden el progreso. Encuentro a menudo frases en el trabajo como "es que esto siempre lo hemos hecho así" o "la gente no va a aceptar bien ese cambio". Esa actitud carca, anticuada y reticente a los cambios no me gusta. Pienso qué sería del mundo si todos fuéramos igual de carcas y me alegro de no serlo.

Y me cago en los sosos, porque no tienen sentido del humor. Tal como os contaba hace un tiempo, a menudo me ha tocado, y me toca, comer con gente que no he elegido. Algunos son sosos. ¡Qué suplicio! Bromas no entendidas, indirectas que caen en saco roto, prometedores temas de conversación que quedan fulminados con un par de monosílabos… Un rollo, vaya. Dicen que más vale solo que mal acompañado. En estos casos, lo suscribo completamente.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…

Me cago en los bordes

Este fin de semana cedí -otra vez- a los impulsos consumistas que me atacan de vez en cuando y fui de rebajas. No esperaba encontrar gangas (lo que queda a estas alturas de temporada no se ha vendido porque no ha convencido a nadie antes) pero algún descuento interesante siempre se puede encontrar.

Todo bien, a no ser por un par de dependientas incompetentes con las que me encontré. Imagino que, después de la campaña de Navidad, las chicas llegan cansadas a las rebajas y están hartas de clientes ignorantes. Pero yo nunca he sabido cuál es mi talla. De nada. Ni de camisas ni de pantalones ni de zapatos. Una buena dependienta debería ser capaz de saber la talla del tipejo que tiene enfrente con un simple vistazo. Pues no. En lugar de esto, me sueltan:

Si tú no sabes qué número usas, vamos arreglados. ¿Qué esperas? ¿Que te traiga un par de zapatos de cada número?

¿Eso son formas de tratar a un cliente? No contesté. Me di la vuelta y salí de la tienda por la puerta que tenía justo detrás. Cuando la puerta estaba cerrándose a mi espalda, oí a esa niñata que decía: "¡Qué borde!". Ahora resultará que el borde soy yo. Me fui sin decir nada precisamente para no soltar la lista de improperios que se me pasó por la cabeza. Cerrada la puerta, no me contuve y estuve cinco minutos cagándome en toda su familia.

Y es que el mundo de los servicios está muy falto de profesionales. Permitidme otro ejemplo. Como os contaba en otro artículo, hace poco me he comprado un piso. Tenía un problema de desagüe en uno de los retretes e hice venir al fontanero de la promotora para que lo arreglara. Después de haberlo analizado, va el tío y dice:

Pues esto se le va a quedar así. Arreglarlo lleva mucho trabajo y yo tengo otra obra ahora.

¿Y a mí qué coño me importa si tienes otra obra? Si hubieran hecho las cosas bien desde un principio, no se les solaparían las tareas. ¿Es que dichos como "el cliente siempre tiene la razón" o "pagando, San Pedro canta" ya han quedado desfasados?

Por curiosidad, he mirado en un portal de ofertas de empleo y veo que la amabilidad sigue siendo demandada en las empresas:

BUSCAMOS: Una persona amable, cordial en el trato, organizada, responsable y resolutiva, con gusto por realizar este tipo de funciones.

Si de vez en cuando nos topamos con dependientes chungos no es porque las empresas hagan mal su selección de personal, sino porque cada vez es más difícil encontrar personas bien educadas.

Me cago en todos los que se dedican a los servicios siendo bordes. Atender a un cliente significa saber gestionar la relación que se tiene con él. Se supone que, además de la venta ocasional, se procura dar un servicio de calidad, con el objetivo de fidelizar y retener a los clientes. La mayoría de profesionales de este sector están muy lejos de saber cuidar a sus clientes. No se dan cuenta de quién les está dando de comer.

Me he quedado a gusto… Estoy mucho mejor.

Valorar artículo… Enviar a…